Cuando en el ejercicio de nuestra profesión reflexionamos sobre la arquitectura y su razón de ser, inevitablemente detenemos la mirada en los edificios que nos rodean, en las plazas o en los jardines. Todo es arquitectura, estaba ahí mucho antes que nosotros llegásemos y, aun siendo así, forma parte de nosotros. Hemos crecido rodeados de su presencia y han dado forma a nuestra manera de percibir el mundo. Es entonces cuando entendemos que gran parte de nuestro ser está condicionado por el pasado y que, por tanto, formamos parte de la historia. Esto nos hace pensar que, como arquitectos, estamos aportando a un entramado mucho más grande que nosotros mismos. Y es maravilloso.
Pretendemos que nuestro trabajo de algún modo contribuya a crear parte de eso. Para nosotros, la práctica de la arquitectura se basa en saber trabajar con esos recuerdos utilizándolos como una herramienta. Tal vez así, junto a la razón y la cultura de nuestra propia profesión, logremos encontrar la belleza.
Nuestra arquitectura pretende estar conectada con los sentimientos. Ser algo concreto, palpable y capaz de emocionar. No es solo cuestión de crear una casa, una plaza o un jardín. Se trata de determinar la propia existencia de las personas, de pasar a formar parte de su manera de ver el mundo y de crear un escenario para la vida.
