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El proyecto se descubre como un diálogo de opuestos donde la arquitectura resuelve la irregularidad mediante el gesto y el material.

El espacio se acota entre dos fronteras: una técnica y cálida, materializada en una gran piel de madera que ordena el almacenamiento; y otra orgánica, una línea sinuosa que recorre el perímetro para abrazar el espacio.

En este intervalo entre recta y curva, la oficina se convierte en un espacio fluido donde la geometría no es un límite, sino una herramienta para conducir luz y movimiento.